martes, 24 de junio de 2008

NYC-Tijuana (IV)

-Hagámos cálculos. ¿Cuántos hígados dijo Roger que necesitaba?

….

Los 60 kilos de Brian regresan de su viaje de alucinógenos con la conciencia intacta y un infernal dolor de cabeza. -Puto brebaje local, piensa. Tal vez sea de noche.

Que algo no va bien lo sabe desde que los reflejos de neón comenzaron a bailar sobre su cabeza en aquel motel; lo que no comprende del todo es qué cojones hace en la sucia trastienda de una gasolinera de la ruta 44 con las manos atadas a la espalda y sus tres amigos de Berkeley durmiendo como angelitos a su lado.

-Me sacáis 20 kilos y esa mierda era igual de dura para todos. Despertad, cabrones, susurra.

La poca saliva y una presencia le impiden hacerse oír. Alguien aguarda en el umbral de la puerta una respuesta al teléfono:

-Sí, Roger, soy yo. Tengo cuatro pollos listos para tu barbacoa.

-…

-No, todavía están frescos. Son jóvenes y parecen fuertes.

-…

-¿Y qué hago con el otro?

-…

-Gracias. De acuerdo, pasa a recogerlos cuando quieras.

Era el encargado de la gasolinera, Pete, su gorra de New Holland y su presencia peligrosa. Si había alguna duda de que la droga en la bebida no era una broma, esa conversación y un recuerdo borroso sobre hígados no iban a devolverle la esperanza. El revólver no está lejos, sigue en el bolsillo derecho, pero esa distancia, en su situación, es todo un mundo.

Pete desciende pesado y sonriente los doce escalones de madera que separan la estación de servicio de su trastienda. El cabrón parece disfrutar. Brian, resuelto, trata de mantener el tipo con la palabra, lo único que le queda:

-¿Qué cojones está pasando aquí?

-Ey, preciosa, buenas noches. ¿Has dormido bien?

-No juegues, cabrón, ¿qué quieres de nosotros?

-Tranquilo, muchacho, -responde bajando hasta su altura y dándole una bofetada cariñosa-. Un amigo quiere ofreceros un trabajito y la copa os ha sentado muy mal, eso es todo. Ya os dije que las bebidas son muy fuertes por aquí.

(Por aquí, piensa Brian, es un puto estercolero de carretera, camino de Tulsa, lo que es lo mismo que decir entre el olvido y ninguna parte; un nido de palurdos donde es delito abrir una botella de soda sin un ingeniero delante; a 174 kilómetros de la civilización, si podemos considerar Oklahoma City como la puta civilización; y a un abismo de 1.100 millas del campus de Berkeley, de donde nunca tendrían que haber salido para seguir los pasos de Kerouac y a donde deberían volver algún día para meterle a Mr Chapman, el profesor de lengua, sus putas sugerencias literarias por el culo.)

-Está bien, Pete, désatame entonces para que pueda preparar la entrevista de trabajo (que es la forma más sutil que encuentra Brian de decir: dame una oportunidad para descargarte el revólver en la jodida sesera.)

-Todo a su debido tiempo, preciosa.

Las licencias lingüísticas comienzan a molestarle. Una niñería, en todo caso, comparado con el puñetazo en la sien que le deja KO.

Tras otra eternidad de negrura, Brian regresa a su dolor de cabeza. La trama se complica. A su derecha, tres bolsas oscuras aguardan alineadas su carga, como las de forense, como las que los Steakhouse de la ruta exhiben orgullosos para intimidar por la contundencia de su vacuno; ni rastro de Billy, Bob y Truman en la estancia. Y Brian no sabe si compadecerlos o alegrarse por ellos. En una lata de grasa puede verse a sí mismo reflejado, completamente inmovilizado, inclinado sobre una mesa y con una bola roja en la boca. Pete se acerca por detrás…

-¿Tienes alguna preferencia?, dice el gasolinero, tras retirarle la bola.

-Hijo de perra.

-Tranquilo, preciosa. Nos haremos amigos.

-Cuéntame qué cojones es eso de los hígados, la barbacoa de Roger y las bolsas de cadáver. No creo que un paleto como tú dirija una red de tráfico de órganos y Juárez todavía queda lejos.

-Tengo amigos con negocios especiales.

Brian intenta ganar tiempo, pero la resaca y los golpes no son buenos estimulantes. A falta de una mano libre para tirar de pistola, busca algo con que distraerlo. La decoración de la trastienda tampoco deja lugar a la imaginación: una espada de general confederado, recortes de prensa con las hazañas de Timothy Mc Veigh y, oh sorpresa, el póster de El nacimiento de una nación, con un miembro del KKK luciendo antorcha.

Sin ideas, sin creerlo, Brian se rinde, resignado a ser sodomizado por un cateto en el culo del mundo, mientras algún salvaje mutila a sus tres amigos no muy lejos.

De repente, El rey del rock resucita y el pobre Brian adivina en un rincón una foto de grupo: son seguidores de Elvis y lo que brilla en el fondo son los neones del Strip de Las Vegas. Justo debajo, sobre el minibar, una caja de seguridad espera aburrida a que alguien la abra. Su número… 654.

(-Última mano, señores, hagan sus apuestas. Todo o nada..., piensa Brian.)

-Eh capullo, sé quién mató a tu colega el gordo anoche en el motel. Si te guardas la polla, te lo cuento; y si me dices dónde están mis amigos, abro esa caja.

...

P.S. Disculpen el lenguaje soez. Este el cuarto capítulo del primer experimento literario de un grupo de tarados entre los que me encuentro. Si alguien no lo conoce, puede seguirle la pista desde este post.

7 comentarios:

morena dijo...

Me encanta, bravo.....la cosa está que arde sr Forlati..

Un rincón apartado dijo...

Jajajaja. Buenísimo.

A ver qué se inventa Forlati

Àgueda dijo...

ma mare et diría MALPARLAT!


me gusta la nueva cara del PP, lamentablemente. Soy de los otros y veo competencia seria... estoy pesimista, creo que las próximas las perdemos o las ganamos justas...

Vicè dijo...

Muy bueno, excelente.

Yo tendré que revisar mi parte. No cambiar la historia, sino un poco el registro. Mi historia está escrita más bien como un esbozo.

Ahora canta toda la grada: "Forlaaaaati", "Forlaaaaaati". Es su turno.

diafebus dijo...

Plas, plas, plas. Venga Forlati, sáquenos de dudas maldita sea.

Valió la pena esperar, Nota

forlati dijo...

Fantàstic Nota!!!

(cabró!)

morena dijo...

jajajaj, se lo han puesto difícil sr Forlati, las gradas desesperan